El pasado viernes doce de octubre tuve la oportunidad de participar en un evento organizado por Mundo Pop, programa radial en línea de la Fundación Universitaria los Libertadores, junto con Nicolás Cruz (Star Wars Colombia) y Miguel Garzón (La Caja de los Cómics). La conversación, pensada alrededor de la manera en la que los personajes del cómic de superhéroes han hecho el paso al cine, me hizo pensar en varias preguntas que he tenido desde hace un tiempo sobre la manera en la que se están discutiendo estos temas, la relevancia de hablar de ‘fans’ y lo que podemos hacer quienes llevamos a cabo esta discusión. Antes de continuar con esta discusión, quiero agradecer a los equipos de trabajo de los programas Mundo Pop y El Desparche, al sistema de medios en línea de la Fundación Universitaria los Libertadores, así como a Nicolás y Miguel.

Si bien siento que al final del evento hubo una discusión profunda sobre algunas de las implicaciones y alcances que están lográndose en las adaptaciones de historias de superhéroes al cine, mi actitud hacia el evento en los días de la víspera era una bastante aprehensiva, y la verdad sea dicha, cuando este arrancó, mis inquietudes se vieron confirmadas. El evento estaba siendo moderado de una manera en la cual la discusión se estaba reduciendo a dar datos sobre los creadores y las fechas de publicación de distintos títulos de superhéroes, siendo el momento en el que algunos de los miembros del público plantearon algunas preguntas cuando empezó a surgir una discusión en el sentido estricto del término, y aunque dicha discusión se pudo llevar a cabo, el hecho que, por ejemplo, no haya habido ningún invitado que hablara desde el lado del cine inevitablemente dejó cojo el diálogo entre panelistas y audiencia. Haber tenido este punto de vista era crucial para poder explorar la idea que buscaba el conversatorio y por sobre todo, habría aumentado la ‘legitimidad’ del evento, entendiendo a esta como el intento de hacer un evento que saliera mas allá de un nicho determinado y buscara diálogos con otros periodismos y otras esferas de la discusión sobre arte.

Es interesante y a la vez preocupante ver como en el proceso de la importación del cómic de superhéroe para su consumo por parte de la audiencia, esta parece también haber importado algunos de los vicios y elementos mas problemáticos asociados. Mas exactamente, la resistencia a la inclusión y a la apertura de públicos. Mas de uno de los asistentes nos preguntó a los panelistas sobre nuestra opinión frente a la invasión de lo «políticamente correcto», un término que, sospecho, mi interlocutor no habría podido definir aun si su vida dependiera de ello y me hizo entornar los ojos de una manera poco sutil. Me queda difícil entender la razón que lleva a un público hispano a asumir esa posición. Las historias de superhéroes, durante los últimos ochenta años, nos han contado en su mayoría, las historias de hombres blancos heterosexuales que han sido creadas también en su mayoría por hombres blancos heterosexuales. El movimiento para lograr una mayor inclusión en la página impresa y por fuera de ella es, a fin de cuentas, el movimiento para que haya otras voces y otros personajes distintos al sector de la población previamente mencionado. Oponerse, como hispanos, a ese cambio en las prácticas es una idea francamente ridícula y que surge como otro ejemplo de la tendencia de muchos hispanos a identificarse como blancos cuando la sociedad blanca tradicional no los ve como tales.

Una de las ideas que surgió frente a algunas de las preguntas del público se relacionó con la idea que estas historias son solo entretenimiento, por lo cual, preguntarse por sus implicaciones políticas no tiene sentido. Este es un punto de vista con el que estoy en desacuerdo por varias razones. En primer lugar, es evidente que los superhéroes, como cualquier otro personaje de ficción, representan las ansiedades y preguntas de la época en la que fueron creados, como en el caso del Capitán América durante la segunda guerra mundial, o los Hombres X durante el movimiento de los derechos civiles en EEUU y en segundo lugar, el hecho que el superhéroe sea una creación estadounidense también le inviste de una serie de implicaciones sociales y políticas, como de hecho ocurre también en el caso del Capitán. Me queda la impresión que para algunos, plantear estas preguntas resulta un ataque directo a la honra de los personajes y que debe ser defendida a toda costa y esta actitud de oponerse a la apertura de una discusión mas compleja sobre las implicaciones del superhéroe como personaje resulta siendo vista desde otros sectores como una prueba de la simplicidad del género de superhéroes y de la inmadurez de quienes lo consumen, dos puntos de vista que, en mi opinión personal, son carentes de fundamento.

Cuando estaba pensando el título de este artículo, uno de los candidatos fue De fanboys a fanmen, pero después de pensarlo con mas detalle, entendí que de hecho, hay que abandonar el consumo de historias de superhéroes desde el fanatismo si queremos que estas sean vistas como algo mas que un producto dirigido a los niños. Implica, también, entender todas las dimensiones problemáticas que se han formado alrededor del género y dejar de glorificar referentes tóxicos. Pero por sobre todas las cosas, implica abandonar la idea de una «cultura geek» como algo único o particularmente inusual; en un mundo donde los Guardianes de la Galaxia, personajes poco conocidos hasta hace cinco años ahora protagonizan películas que ganan cientos de millones de dólares en taquilla, seguir defendiendo la idea que los superhéroes son un gusto especial o de unos pocos no tiene sentido. Su llegada al mainstream implica que quienes escribimos y hablamos sobre el tema lo hagamos desde la lectura crítica y no desde el fanatismo.

Durante años, buscamos una especie de legitimación. Ahora la tenemos. ¿Que vamos a hacer con ella?