Como quienes leen este espacio regularmente recordarán, en octubre del año pasado tuve la oportunidad de participar en un conversatorio con algunos influenciadores especializados en cómics y cultura popular. Uno de mis compañeros de panel, llevó algunos regalos para darle a los asistentes, entre ellos, un afiche con esta ilustración de Alex Ross. Cuando lo mostró a la audiencia, varios de ellos se volvieron locos, uno de ellos de hecho, se llevó las manos a la cabeza y se puso de rodillas como si le hubieran mostrado el santo grial (Curiosamente, fue la persona que hizo comentarios desobligantes cuando mencioné el tema de mi salud mental). Esa imagen me pareció tremendamente perturbadora y esa perturbación se convirtió en una pregunta que ronda mi cabeza: ¿Acaso la cultura geek se ha convertido en una celebración de la acumulación y los objetos por encima de cualquier cosa? ¿Es eso apropiado en el actual clima de cosas en el mundo?

Marie Kondo: ¿Enemiga de la cultura geek? fuente: cheatsheet.com

Aunque solo vi un capítulo de su programa porque me aburrió terriblemente, encuentro algo de razón en lo que dice Marie Kondo, la autora japonesa que volvió el ordenar los cajones una ciencia; con su método KonMari, lo que ella sugiere es que a la hora de decidir si nos quedamos con algo o no, nos respondamos la siguiente pregunta: ¿Es algo que nos trae alegría? De esta manera, empezamos a liberar espacio desde lo positivo (¿Con que cosas me quiero quedar?) que desde lo negativo (¿De que cosas me quiero deshacer?). En los días cuando trabajaba en la Universidad de los Andes, había una librería de libros de segunda mano cerca a mi oficina. Un día, después de almuerzo, entré para estirar las piernas y descubrí, para mi alegría, una mina de cómics de los años 90 que prontamente exploté. Encontré, por ejemplo, un cómic de Wolverine que llevaba veinte años tratando de ubicar, junto con todos las publicaciones mensuales de X-Men (El título secundario de los Hombres X) que salieron en 1997 y un par de números de la revista Wizard. Tener esos cómics actuó como una especie de puente a una época particular de mi vida. En retrospectiva y tomando en cuenta por todo lo que he pasado en los últimos meses, me recordó que de hecho, yo puedo ser feliz y hacer cosas que me traigan regocijo en lugar de vivir encadenado a algún sentido de responsabilidad en cada momento de mi vida y después de un tiempo, comprarlos dejó de ser algo a lo que le pusiera atención, descubrí que los tenía y los leo porque me hacían feliz, no porque me hicieran algo así como un ‘mejor geek’ y eso cambió completamente mi relación con ellos.

Durante los años noventa, la industria del cómic impreso pasó por el estallido de una burbuja de la que de hecho, aún no se ha podido recuperar. Impulsados por los astronómicos precios que se pagaban por la Action Comics número 1 y otros títulos de la edad dorada, se generó una legión de especuladores que compraban cuatro o cinco ejemplares de un mismo cómic pensando que en unos meses podrían venderlos y llenarse de dinero. Una operación sustentada por las editoriales que publicaban ediciones especiales con portadas distintas de un mismo número u otras arandelas. Con lo que no contaban esos especuladores ni las editoriales era el hecho que la razón por la que los cómics viejos son caros es por su escasez, por lo que sus brillantes planes fracasaron gracias a la sobredemanda y la burbuja antes mencionada estalló con terribles consecuencias.

¿Para que diablos alguien necesita tantos muñecos? Fuente: Geek.com

Odio los muñecos Funko Pop. Ya. Lo dije. No tolero el hecho que sean, esencialmente, la misma cosa una y otra vez con sus cabezas enormes y sus ojos redondos, en virtud de eso, no veo la necesidad de tener siquiera mas de uno (Aunque de hecho no me disgustaría tener el de Joey Ramone). Es este hecho lo que hace que su colección frenética se me haga representativa de algunos de los problemas de la cultura geek (Termino que de nuevo, uso solo porque me toca, no porque crea que es algo real): da la impresión que, ante la masificación de los superhéroes y la ficción de género, quienes originalmente consumían estas obras ahora necesitan un marcador cultural para diferenciarse de los demás y objetos como estos muñecos son perfectos para ello: Si tengo mas Funko Pops que tu, entonces soy un mejor geek que tu y tu eres un aparecido.

Como el grupo de niños que le ponen requisito tras requisito a los recién llegados que quieren jugar con ellos, el coleccionismo de muñecos, ropa y libros se ha venido convirtiendo en una forma mas del gatekeeping, el intento de excluir a una audiencia del consumo de la cultura geek, especialmente, una audiencia femenina. Si bien este ya es de entrada, un fenómeno despreciable, el hecho que se haga a través de la acumulación material tiene un matiz aun mas perturbador en estos días y de cierta manera, refuerza la percepción de la cultura geek como el refugio de hombres con mentalidad de niños, ensimismados en tener mas y mas muñecos, cómics y juguetes mientras le escapan a las preocupaciones de un mundo que está literalmente, cayéndose a pedazos, al mismo tiempo que reduce el consumo de esta cultura a la lealtad de marca con lo que de hecho se podría argumentar que están siendo malos geeks.

¿Estoy sugiriendo acaso que dejemos de consumir esta cultura siempre y cuando implique comprar algo o una transacción monetaria? Claro que no, estoy perfectamente consciente que un movimiento así perjudicaría a muchísimas personas que han visto oportunidades de negocio y emprendimiento asociadas a la cultura geek, pero si creo que es importante parar por un momento y entender que si realmente queremos celebrar o promover o validar en alguna manera lo que sea que entendamos como cultura geek, es necesario ir mas allá del consumo y la acumulación como indicadores de identidad. La colección en nuestros estantes no nos valida.

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